No sólo grandes almacenes, larga vida a las tiendas de barrio

local food local shop

Pequeñas, cercanas a casa, en muchas ocasiones gestionadas por familias, pero sobre todo  conectadas con el territorio y con sus productos. Esta es la descripción de las pequeñas tiendas de barrio (también llamadas de vecindario, si usamos un vocabulario más técnico) que poblaron en el pasado y que pueblan todavía nuestras ciudades y nuestros pueblos.

Un patrimonio inestimable, que en Italia resiste a duras penas, debido a la fuerte competencia de los grandes almacenes que en los últimos años han invadido las afueras de las ciudades, llevando a la clientela más allá, hacia una ilusión de precios más bajos y de un surtido muy vasto.

Últimamente, sin embargo, gracias a una inversión de tendencia general en las costumbres de adquisición, estas pequeñas tiendas han vuelto a tener un papel significativo, y a hacer notar la importancia de su presencia en el tejido de las ciudades en las que se encuentran.

La búsqueda de alimentos de km cero y el cambio paulatino de las costumbres alimentarias, la tendencia de reparar antes que “comprar de nuevo”, y la conciencia de la verdadera calidad, han sacado a la luz las considerables lagunas de los grandes almacenes. Su impersonalidad, que antes nos entusiasmaba, ahora da lugar a un sentido de vacío y a la búsqueda de un apretón de manos, de una sonrisa conocida, o de una compra de dimensiones más humanas.

Estas pequeñas entidades esconden verdaderas sorpresas, en todos los sentidos: a veces, especialmente si escogemos productos locales, los precios en el fondo no son tan altos como los recordábamos y la compra se convierte en menos estresante por arte de magia, casi en un placer. Ir a los sitios cerca de casa nos permite compartir tiempo y espacio con la gente del barrio, haciendo vida social y estableciendo relaciones con personas que en otras ocasiones no tendríamos la oportunidad de encontrar.

Tampoco olvidemos la efectiva función social de las pequeñas tiendas, que como los mercadillos de los pueblos pequeños, ofrecen un evidente servicio a la población, especialmente a los ancianos, que pueden disfrutar de una compra a domicilio, de ventajas en la forma de pago, o simplemente de alguna que otra palabra que intercambiar en compañía para combatir la soledad.

Ya sea un mercadillo, un zapatero, el carnicero de confianza, la tienda de electrodomésticos, o el frutero que frecuentábamos de pequeños, volver a hacer la compra como antes es la dirección hacia la que ir para reencontrar el sentido en un mundo globalizado y un poco demasiado igual.

Larga vida a la confianza, a la calidad, a la diversidad y al olor a pan recién hecho.